Sobre mi experiencia con Bla, bla, Car (viajando con desconocidos)

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Javi me recogió en Moncloa a las siete de la mañana, exactamente la hora en la que habíamos quedado, aunque yo había llegado varios minutos antes, arrastrando mi maleta a esas horas tempranas por la Gran Vía.

Era un tipo estupendo que me cayó maravillosamente bien y que, además, tenía un coche espectacular: nuevo, grande, limpio y… ¡descapotable! Yo nunca he entendido de coches, así que ni por asomo me había fijado en la marca al leer el anuncio.

Javi me contó que era de Ponferrada, que tenía 37 años, que llevaba trabajando seis en Madrid y que había empezado a trabajar siendo todavía adolescente porque estudiar, lo que se dice estudiar, nunca le había gustado nada.

No había otros pasajeros: Javi puso el anuncio la tarde anterior, horas antes del viaje, sólo por si alguien, como yo, lo veía y se apuntaba en el último momento. “Pensé que nadie se apuntaría”, dijo.

Después de mirar trenes (más caros, con menos horarios) y buses (un poco más caros y bastante menos rápidos) entré en Bla, bla, car y me quedé atónito al ver la cantidad de anuncios que había ¡en jueves! para una ciudad como Ponferrada.

En el viaje Javi, aparentemente algo tímido, terminó abriéndose mucho: me dijo que no sabía parar quieto y que eso a veces le angustiaba; que le encantaba viajar; que las cosas le iban bien en Madrid pero que tal vez volvería a su tierra alguna vez; y que él quería leer más, que sentía que su reto era ejercitar más la mente, algo que le costaba muchísimo, pues no está acostumbrado a concentrarse en la lectura. Fuerte y musculoso, Javi lleva años yendo una hora al día al gimnasio. El reto del cuerpo lo tiene más que superado, pero ahora se daba cuenta que eso no era suficiente. Sugerí que fuese a la Casa del Libro y cogiera muchos libros, se sentara en la zona habilitada para la lectura y se llevara a casa el que le susurrara “llévame contigo” al oído. Se sorprendió mucho de que en la casa del libro hubiera una zona para leer gratis y, más tarde, se comprometió a leer diez minutos antes de cenar a partir de septiembre, “en verano no, que en verano sé que no lo voy a hacer”. Si cumple su compromiso, su vida cambiará en poco tiempo.

Diez minutos de lectura diaria parece muy poco, pero en realidad es muchísimo para personas que no leen. Yo creo que si todo el mundo leyera libros diez minutos al día (que podríamos robarlos a la TV, por ejemplo), habría menos problemas.

También hablamos mucho de nutrición. Yo he hecho cursos de nutrición saludable en los últimos tiempos, pero Javi era todo un experto en nutrición para deportistas. Se lo sabía todo y lo llevaba todo a rajatabla. Así que me vi tomando notas mentales (se me había olvidado el bolígrafo) sobre muchos de los consejos que Javi me daba, consejos que, estaba claro, él aplicaba a su propia vida, pues parecía más joven y estaba fuerte pero sin pasarse. Considero que aprendí bastante sobre el tema.

La vuelta no fue de diez como con Javi, pero sí podríamos poner un ocho con cinco: me tocó una joven que llevaba el coche a rebosar: una criatura al lado (Ángel, 25 años, de León, recién terminado un máster de la EOI –máster que, por cierto, recomienda seriamente-, un chico bastante valiente, como demuestra el hecho de que dejó su primer trabajo en cuanto se dio cuenta de que no cumplía sus expectativas: ahora tiene uno mejor) y tres detrás (Marta, 24 años, novia de Ángel, a la derecha de la parte trasera: guapísima, de Ponferrada, recién llegada a Madrid; Silvia, 24 años, de Ponfe, una chica divertida amén de comercial desesperada, porque decía que en su trabajo los compañeros no la respetaban del todo y ella no sabía qué hacer; y yo mismo, que llegué el último).

Total, que mi experiencia fue más que bien, fue perfecta, así que ya sé cómo voy a viajar a partir de ahora.

P.S. Aquí puedes ver las fotos y leer el post de mi viaje