Silvia Grijalba: ‘No hay nuevos Bowies en el mundo de la música’

Tomamos un té en casa de la escritora Silvia Grijalba para hablar de música, de la ebullición de la época de la postmovida, de la elegancia perdida en los tiempos actuales y de su nueva novela, ‘Tú me acostumbraste‘ (Espasa) “Echo de menos más Bowies, más elegancia excéntrica en la música y en la vida”

Silvia Grijalba, en su terraza.

Silvia Grijalba, en su terraza.

 

Silvia Grijalba no es una periodista cualquiera: salió de Torremolinos siendo una adolescente gótica que leía a autores que ninguna de sus amigas conocía y escuchaba los discos que le prestaban los punkis que llegaban de Londres y cuando llegó a Madrid, pronto, empezó a destacar en el periodismo musical, sector en el que llegó hasta la cima. Luego descubrió algo alarmante: la cima le había reportado mucha felicidad, pero ya no le satisfacía.

Desde lo más alto decidió dar un salto al vacío, un giro a su vida que muy poca gente entendió pero que le permitió hacer lo que quería: escribir. Silvia Grijalba, la joven de provincias que se cardaba el pelo y se ponía polvos de talco para ser como Siouxie y para epatar con los más modernos en los locales de moda, había descubierto que quería ser escritora. Y fue a por todas. Me lo contaba el otro día mientras tomábamos un Yogi Tea en su casa del centro de Madrid. Ahora sonríe y se muestra orgullosa de su carrera literaria: ‘Tú me acostumbraste’ (Espasa) es su cuarta novela, una historia en clave de comedia que reflexiona sobre la buena vida, el pretendido glamour de ciertos sectores de la sociedad y esas trampas del amor que a veces no detectamos a tiempo.

Tú, como Marta, la protagonista de tu novela, en un momento dado decidiste dejar un trabajo fijo y bien remunerado en el segundo periódico más importante del país. ¿Cómo fue tomar esa decisión?

Sentí una necesidad vital que me llevó a hacer lo que todo el mundo me decía que era una locura pero que, finalmente, con el tiempo, ha resultado ser una decisión acertada y, sin duda, de las más importantes de mi vida. Me fui de El Mundo sin indemnización, ni paro, ni seguridad de ningún tipo, pero me mereció la pena porque yo, por entonces, ya sabía que quería ser escritora. Y arriesgué. Piensa que sucedía una cosa: si hubiera sido cajera de supermercado quizá hubiera podido escribir una novela por las noches, en casa, pero después de doce horas diarias en el periódico tal cosa no me era posible. Además, pese a que había tenido muy buenos jefes, como Fernando Baeta, que me dio alas para hacer el periodismo gonzo con el que yo disfruto tanto, en ese momento yo no me entendía nada con el responsable de la sección del periódico. Simplemente, entendíamos el periodismo de otro modo. Eso hizo las cosas muy difíciles.

Pero tú siempre habías querido ser crítica musical y lo habías conseguido, llegaste a ser un referente.

Es cierto que conseguí lo que era la ilusión de mi vida: empecé a escribir sobre música en un fanzine de Torremolinos a los quince años y, desde entonces, mi sueño era ser crítica musical. Un sueño cumplido: entré en El Mundo cuando todavía estaba en cuarto de carrera y empecé a cubrir todos los conciertos más importantes, iba a festivales, tenía la oportunidad de conocer a los músicos que más admiraba y poder entrevistarles. ¡Imagina lo que suponía para mí entrevistar a gente como David Bowie, Mick Jagger, Brian Ferry o Peter Murphy, vocalista de Bauhaus, que siempre fue mi grupo favorito! Mantenía contacto directo con muchos músicos españoles. Además, el periodismo no estaba como ahora: entonces tenía un sueldo maravilloso, unas pagas estupendas, un reconocimiento cultural fantástico, todos los taxis pagados, los viajes a Los Ángeles a entrevistar a músicos… un sueño. Pero sentí que había llegado al culmen de lo que yo deseaba, y que el siguiente objetivo que me apetecía conseguir era ser escritora. Y me puse a ello.

Silvia con Peter Murphy, años ha

Silvia con Peter Murphy, años ha

Ser escritor no es fácil, ¿te arrepentiste?

Jamás me he arrepentido: emocionalmente estaba mal y gracias a esa decisión tengo una carrera literaria de la que me siento orgullosa y que me ha hecho muy feliz y sé que si ahora, a mis 46 años, siguiera allí estaría amargada. Las decisiones en el trabajo que a veces son impopulares luego pueden ser muy acertadas. Es como cuando estás casada con un hombre maravilloso, guapo, rico, pero no te hace feliz. Te tienes que ir.

Cuéntame cómo viviste esos comienzos en Madrid…

Fueron los momentos más felices de mi vida. Cuando vivía en Torremolinos era gótica, pero estaba en un colegio del Opus. Combinar las dos cosas era muy difícil. Vivía por tanto entre dos mundos, el de mis amigas del colegio, con las que me sentía muy poco identificada, y el de mis amigos más punkis, porque lo cierto es que Torremolinos era un sitio bastante libre: venían muchos extranjeros de Londres que traían discos que aquí era imposible encontrar y eso me gustaba. Pero para los punkis yo resultaba demasiado pija y para las pijas de mi colegio era bastante rara. Cuando llegué a Madrid encontré mi sitio: era la época de la postmovida y no sólo empecé a vivir la música de verdad sino que encontré a mucha gente como yo. Nunca había encajado en ningún sitio hasta que llegué a Madrid.

¿Cómo recuerdas esa entrevista a David Bowie?

La impresión al entrevistarle fue brutal. Era mi ídolo desde la adolescencia y yo tenía unos 25 años cuando le entrevisté. Tenía que parecer profesional, pero mi reacción hubiera sido ponerme a gritar como una histérica y echarme a sus brazos. Pero me controlé. La entrevista fue fantástica. Él es muy inteligente, brillante y muy profesional, sabe exactamente qué quiere el entrevistador, sabe dar titulares y contenido a una entrevista. Con los años supe que eso forma parte del adn de las grandes estrellas.

Con el tiempo, ¿te ha decepcionado el mundo del rock?

El rock no me ha decepcionado: me sigue interesando como movimiento cultural y sigo emocionándome en los conciertos buenos. Lo que se me ha ido es esa mitomanía que sentía antes, sobre todo, cuando entraba en el backstage y el músico me deslumbraba. Y eso ha sucedido en parte porque muchos de esos músicos ahora son amigos y en parte porque los escenarios de ahora… Verás, antes el backstage era un sitio con glamour y ahora es una barraca de feria. Quiero decir que los camerinos han dejado de ser bonitos y que en los festivales, a veces, encuentras sitios horribles como casetas de obra. Por mucho que el artista quiera tener glamour allí es muy difícil. En el escenario algunos aún lo transmiten pero es cierto que hay una parte del rock que se ha perdido el glamour. Yo lo echo de menos.

En tu novela está muy presente el tema del glamour perdido…

El glamour es ya una palabra muy banal que casi roza con lo hortera. En realidad, lo que yo creo que se ha perdido es esa elegancia que roza con la excentricidad. Eso antes sí existía. David Bowie, por ejemplo, tiene esa elegancia excéntrica, o Bryan Ferry. No hay nuevos Bowies en el mundo de la música. No hay personajes potentes nuevos. Echo de menos más elegancia excéntrica en la música y en la vida. Y es que, ahora, ¿quién la tiene? Creo que la última fue Amy Winehouse, porque Miley Circus lo que hace es una imitación mala intentando aparentar ser provocadora sin serlo realmente. En la vida normal también se ha perdido. En la novela hablo mucho de esa aristocracia excéntrica de Inglaterra que a mí me encanta, precisamente por eso.

Te refieres a una elegancia más sorprendente, no tan conservadora, una elegancia que se salga de lo establecido…

Exacto. Salirse de la norma. Ahora la elegancia es muy de marcas, una elegancia hortera. En España ha habido una tendencia al conservadurismo estético hasta el punto que lo que se sale de la norma no se aprecia. En Londres vas a una fiesta en una embajada con un modelo rarísimo y les parece estupendo y lo valoran, aquí te miran como diciendo “¿y esa quién es?” Me gusta ese rasgo del carácter británico: ven la excentricidad como algo bueno.

Silvia Grijalba, sobre los tejados de Madrid

Silvia Grijalba, sobre los tejados de Madrid

La decadencia de Marbella, de sus fiestas de sociedad, de su glamour… también eso está en tu novela.

Sí, yo echo de menos a gente como Jaime de Mora, los HohenloheGunilla Von Bismark… En el plano nacional, por ejemplo, Pitita Ridruejo me parece un personaje interesante. Pero ya no salen personajes excéntricos. Ahora salen los cutres de la televisión. Yo veo a mucha gente hortera entre los nuevos famosos. Y en Marbella antes veías a gente sorprendente. Ahora vas a Puerto Banús y lo único que ves es a chicas con minifalda y escote con taconazo y extensiones, como sacadas de Mujeres, hombres y viceversa. En la novela también he querido reflejar, en contraposición con la aristocracia inglesa, a los nuevos ricos, que son todo lo contrario, sólo quieren aparentar. Cuando se quedan sin dinero son capaces de ir a El Día y meter la compra en las bolsas de El Corte Inglés.

Londres es otro de los escenarios de la novela. Es una ciudad importante para ti…

Sí. Si yo tuviera mucho dinero viviría en Londres. Cuando era muy joven para mí ir allí era como ir al paraíso: ahora hay acceso a toda la música, pero en aquella época era donde encontraba los discos que aquí era imposible encontrar. La gente en Londres me parecía guapísima. Siempre había alguien más raro que tú. Eso te hacía aprender y superarte. Por otra parte, las veces que he ido a Londres han sido momentos muy intensos. Además, el carácter británico me encanta: he crecido en Andalucía y quiero mucho Andalucía, pero tengo una parte británica, mi humor, por ejemplo, es bastante de allí. Intento ser lo más inglesa posible.

El protagonista de tu novela es un gran seductor, pero al mismo tiempo tiene bastantes bloqueos emocionales. ¿Crees que hay que tener cuidado con según qué conquistadores?

Los grandes seductores suelen tener una patología y ser bastante narcisistas y, por tanto, suelen hacerte bastante daño. Hay que tener bastante cuidado con ellos.

Recientemente te han nombrado responsable de la Casa de Gerald Brenan en Málaga, ¿qué retos te supone ese nombramiento?

Para mí es un proyecto especialmente emocionante. Por una parte, admiro profundamente a Brenan como escritor y en esa casa de Churriana hubo encuentros y proyectos interesantísimos. Mi idea es recuperar ese espíritu de unir la cultura más cosmopolita con la local. Por allí pasaron gente como Hemingway o Bertrand Russell que se relacionaban con escritores españoles como Julio Caro y con artistas locales, malagueños. Pues creo que esa combinación de la cultura anglosajona y la hispana es perfecta para un sitio como la Costa del Sol. Inauguramos en noviembre con un simposium sobre Julio Caro Baroja, en el centenario de su nacimiento. Por supuesto, estás invitado.