Nos colamos en el rodaje de la nueva película de Candela Peña e Inma Cuesta

En el rodaje con Candela Peña e Inma Cuesta

Nos colamos en el rodaje de Las ovejas no pierden el tren, la comedia de Álvaro Fernández Armero con Inma Cuesta, Raúl Arévalo, Candela Peña, Kiti Manver, Irene Escolar, Alberto San Juan y Jorge Bosch. Texto y fotos: Curro Cañete

En el rodaje con Candela Peña e Inma Cuesta

En el rodaje con Candela Peña e Inma Cuesta

“Esto no tiene nada que ver con el ático de Madrid”, dice Raúl Arévalo, y Candela Peña, que sale del cochazo con su bolso de Loewe junto a Jorge Bosch, le dice, “déjalo ahí, que esto es un pueblo. Un pueblo peligroso, eso sí”. Los dos avanzan hacia el interior de la casa del pueblo y, ya dentro, les esperan Inma Cuesta y Kiti Manver. “¡¡Corten!!”, dice un técnico o un ayudante de dirección. “Lo de peligroso lo he dicho porque antes me he caído aquí mismo, y puede que dejen la caída”, me dice Candela Peña. Llevo veinte minutos observándolo todo con una curiosidad casi infantil, como cuando a un niño le llevan a un sitio en el que no ha estado nunca. Yo soy ese niño que nunca ha estado en un rodaje y que pregunta: “¿Tú eres auxiliar de dirección o técnico de sonido?” y le responden: “Yo soy el peluquero. Encantado”. Yo soy ese al que la toma del coche y la entrada en la casa le ha parecido divertida, redonda, perfecta. Pero la repiten. La repiten una y dos y tres y cuatro veces. “¿Tú sabes cuántas veces repiten cada toma?”, pregunto a una operadora de cámara o de fotografía, que me dice: “Uy, si yo te contara…”

candela

Inma Cuesta. Maravillooosa

Inma Cuesta. Maravillooosa

Estábamos en el rodaje de Las ovejas no pierden el tren, la película con la que Álvaro Fernández Armero regresa al cine después de siete años. Se trata de una “comedia generacional”, como dicen los productores, aunque al director lo que le sale es decir que es una historia en la que los personajes comprueban lo que tantas veces se comprueba en esta vida: que las expectativas que uno tiene a veces saltan por los aires y a veces se caen, como si fueran un castillo de naipes, pero que eso no importa porque luego, tal vez, lo que uno se encuentra es mejor. “Hoy, sin ir más lejos, queríamos hacer una secuencia al sol, era un pic nic con una mesita, y luego queríamos comer con vosotros con una barbacoa en el jardín. Ha hecho frío y un viento terrorífico. Hemos cambiado y la secuencia ha cogido otro tono. Pero está bien como está. Yo estoy contento así como ha quedado. El título de la peli viene de que las ovejas son esas personas que siguen un camino no se sabe trazado por quién. No te angusties si pierdes el tren. Ya vendrán otros trenes.”

“Sí, mejor vivir sin expectativas. Porque la felicidad a veces aparece de otra forma, en algo que no habías pensado. De eso va la película, de algo que nos deberíamos aplicar todos en la vida, no angustiarnos por no llegar a ser lo que pensamos. Yo quería ser muy guapa, muy alta y modelo y mira, soy actriz”, dijo Candela Peña, que regresa a la comedia. “Es que hace años leí sobre mí: ‘la redondita y graciosa Candela Peña’ y empecé a hacer dietas y dramas. Ahora me he vuelto a estofar y he vuelto a la comedia. Álvaro me ha dicho que me va a convertir en un sex symbol. Mi única ilusión ha sido esa”, añadió luego la actriz, haciéndonos reír a carcajadas a todos los que estábamos allí. De rellenita nada: está estupenda.

Efectivamente, se trata de una historia que promete hacernos reír, pero también emocionar, como no podría ser de otra manera al venir de la mano del director de Todo es mentira, una de las mejores películas que dio el cine español en los 90. “Yo cada vez que alguien me dice que Penélope Cruz no es buena actriz le digo que vea Todo es mentira. Por cierto, ¿sabes dónde se puede conseguir? No están en ni en los videoclubs que tienen todo el cine independiente, ni en la Fnac, ni en el mercado negro de Internet. ¡En ningún lado!”, le dije al director, que parecía de pronto trasladarse a esos tiempos en los que Penélope era una jovencilla de 19 años que le decía de todo a un Coque Malla que a su vez era otro jovencillo que, desesperado, cuando no podía más, le decía a su novia: “Pues me voy a Cuenca”. “Ja, ja, no lo vas a creer, pero yo tampoco podía conseguir el dvd de mi propia película. Finalmente la encontré en e-bay en una copia griega. Creo que queda alguna. Por cierto, la pareja de Imma Cuesta y Raúl Arévalo en esta película creo que recuerda de alguna manera a la de Coque Malla y Penélope”. “Pero, ¿se gritan tanto?”, “No, ahora se gritan menos. Han madurado un poco, ja, ja”, decía, con la sonrisilla del que piensa tiernamente en sus criaturas.

Hablamos con casi todos los actores: Irene Escolar nos dijo que ella, como su personaje en la película, a veces también ha estado en el paro y que precisamente eso, la incertidumbre del actor, es lo peor de su profesión, “porque nunca sabes lo que va a pasar, pero al mismo tiempo eso es lo que más engancha también, porque en cualquier momento puede suceder cualquier cosa que dé un vuelco a tu carrera”; Alberto San Juan, su pareja en la ficción, nos dijo que él, como su personaje, ha pasado crisis existenciales, y que las ha superado abriendo bien los ojos, valorando cada cosa que hay a su alrededor; Raúl Arévalo que su personaje también vive una crisis, pero creativa; la guapísima Inma Cuesta dijo que su personaje es “la centrada de la familia, dentro de mi locura también” y Kiti Manver, la gran Kiti Manver, que ella también está un poco de aquella manera, porque es una madre que en realidad parece la hija. Pura comedia.

“¡¡Mi bolso!!!, ¿alguien ha visto mi bolso?”, dijo luego Candela Peña, que se había dejado su bolso de Loewe olvidado junto a una escultura. “Ay, menos mal, mi bolso, que sale en muchas escenas de la película”, dijo, con el bolso en la mano, mientras se la llevaban otra vez para el rodaje, que termina estos días precisamente allí, en Valdeprados, un pueblo de Segovia realmente precioso, encantador, ideal para ir de fin de semana a una casa rural (hay dos) con tu pareja, tu amante o tu panda de amigos, pero también con cierto aire fantasmal, como si hace tiempo los habitantes hubieran decidido marcharse a otros lugares. “Mira, allí, a lo lejos, yo creo que es un habitante”, dijo un periodista invitado, como el que descubre un tesoro, después de tres horas sin ver a nadie en este lugar que, por increíble que pueda parecer, se encuentra a menos de una hora de la gran ciudad.

Resultó ser un día raro para ir a un rodaje: En Segovia amaneció diluviando y, aunque luego paró de llover, unos nubarrones casi negros aconsejaban, cuanto menos, que no era del todo una buena idea tomar una parrillada con los actores en el jardín del escultor Luis Sanguino, que tiene en ese mismo pueblo una torre y una gran casa con esculturas por todas partes, en el jardín, en el comedor, en la sala de estar, en la planta de arriba, en las paredes, colgando del techo, en el baño. Recuerden lo que les digo: si salen con un escultor o escultora correrán el riesgo de acabar en una casa digna de exhibirse en un museo: seres inertes que miran a uno por todas partes. Qué miedo.