Los reproches no sirven para nada

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Mis hermanas, José Bravo y yo, en un café de Malasaña, Madrid.

Mis preciosas hermanas mayores vinieron a Madrid a por un tesoro, algo que yo tenía guardado en el desván desde hacía mucho tiempo y que iba a regalar a quien correspondiera cuando correspondiera, sin saber quiénes serían las afortunadas, hasta que supe que eran ellas. Lo supe este verano en aquella casa enorme que alquilaron en El Bierzo, mientras nos comíamos una tortilla de patatas que había preparado una de ellas, y mientras la otra me decía: qué bien que hayas venido.

Supe que el tesoro era para ellas no porque me invitaran por la cara a unas vacaciones pagadas, sino precisamente porque me invitaron sin esperar nada a cambio.

Esto enlaza con una de mis obsesiones: Creo que en el siglo que estamos comentarios del tipo “hay que ver, yo le invité a mi boda y él no me ha invitado”, “yo fui a su bautizo y él no ha venido a mi cumpleaños”, “no me esperaba esto de ella porque yo hice esto y esto y esto por ella el año pasado”, bla, bla, bla, ya están fuera de tono y fuera de toda realidad, porque hacen daño, y porque además está demostrado que hacer las cosas para que los demás hagan luego algo por nosotros o porque nos sentimos obligados o porque es lo que toca, no sirve para nada. Sólo sirve hacer lo que queremos hacer realmente, sin miedo a ser cuestionados, y hacerlo desde el corazón.

Estoy completamente convencido de que los reproches son malos para la salud, o al menos no entran en mi manera de ver la vida. Porque , en realidad, qué sabemos de las razones a veces no tan evidentes que tienen los demás para actuar como actúan. Ni idea, no tenemos ni idea.

Gracias a mis hermanas, por los ratos compartidos en Madrid, que han sido muchos y de alta calidad buena parte de ellos (premio especial a ese pic nic en el Retiro en el que sólo faltaron las ricas uvas), y por no reprocharme nunca nada. Gracias también por hacerme aprender, incluso sin daros cuenta, algunas cosas sobre mí mismo, como que me descoloco un poquito cuando se me cambian los planes programados je, je. Tomo nota y aprendo.

Pero, entonces, ¿cuál era el tesoro? No se puede contar todo. Sólo lo saben ellas y Jose Bravo, que lo llevó en volandas por las calles de Malasaña mientras todos corríamos porque perdían el Ave. Lo habíamos pasado tan bien…

Buen lunes a todos! ❤ ❤ ❤ ❤ ❤

Curro Cañete

P.S y saludos especiales a Paulina, lectora de esta página, que la vi en la estación del AVE durante un microsegundo y me señaló la dirección en la que se encontraban mis hermanas, a las que yo no encontraba en la gigantesca estación de Atocha.