El chico asustado en el tren vacío

Este relato me sucedió una noche de diciembre de 2014. Estaba de viaje: me había ido de Madrid para unos ocho meses para poder escribir mi novela, un libro en el que llevaba trabajando varios años pero que no conseguía terminar. Lo dejé todo y me fui de la ciudad a un lugar con mar en el que no conocía a nadie. Antes de llegar a mi destino tuve que coger varios trenes. Y tuve un problema: el último lo cogí en sentido contrario. No tuve tanta culpa: había huelga, nadie había cambiado los carteles luminosos y se trataba de uno de esos cercanías que salen de la misma vía y con los que uno no se aclara demasiado. Coloqué mi maleta, me senté y me puse a leer con la tranquilidad de que, al ser mi parada la última, no podía equivocarme. Pero cuando el tren llegó a la última parada, no era la mía. El tren estaba vacío. El de seguridad me dijo que tenía que bajarme y yo le dije que eso no era posible. Le dije el nombre de mi parada. Me dijo: “Pues has ido justo en dirección contraria. Y no hay más trenes: son las doce de la noche. Tendrás que coger un taxi. Son muchos kilómetros y te costará caro, pero… Mucha otra gente se equivocó, pero se fueron dando cuenta antes y sólo tú y otro muchacho habéis llegado hasta aquí”. Entonces vi al otro muchacho: joven, unos 20 años, fuerte y delgado, guapísimo, mirando hacia mí con unos ojos de desconsuelo que parecía que le iba a dar algo. “Esto es fatal”, dijo. “Yo solo tengo 20 euros y nada puedo hacer”, añadió angustiado. El de seguridad me dijo que había presenciado cómo el muchacho había tenido una crisis nerviosa al enterarse de su “fallo”, y además no tenía saldo para avisar a su madre. Me acerqué y le dije que no se preocupara: encontraríamos una solución. Yo pagaría el taxi si no encontrábamos solución: el aguinaldo entero volatilizado. El chaval pareció tranquilizarse un poco, pero seguía algo angustiado.

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Fuimos a hablar con el conductor. El conductor nos dijo que no podía ayudarnos: Si yo os llevo de vuelta y os pasa algo, el responsable soy yo”. Nos miró, negó con la cabeza, resopló, volvió a negar con la cabeza. Se lo pensó mejor y yo pensé: “Ojalá todas las personas se saltaran las normas alguna vez”. Javi y yo nos sentamos juntos e hicimos una hora de regreso en ese tren vacío. Luego llamó la madre, que se puso muy nerviosa. Javi se defendió: “Ma-a-a-a-ma, que no ha sido mi culpa, m-a-a-a-a-ma”. Javi me paso el teléfono y dije: “Señora, que yo también me había equivocado, era muy fácil equivocarse”. Hablamos mucho Javi y yo. Me contó que trabajaba de jardinero, me dijo que su trabajo era muy duro, que por la mañana pasaba mucho frío, pero que le gustaba. “Yo no me quejo de nada”, decía. Seguimos hablando. “La gente en verano dice que prefiere el frio y en invierno dice que prefiere el calor, todos, ¿a que si?”, me dijo riendo. Me reí mucho y el rió a carcajadas. Era un chico muy alegre. Luego nos bajaron del tren, nos tuvimos que esperar a que pasara otro… Una aventura.

Javi tenía un “retraso mental” a ojos de la sociedad, pero os prometo que a mí me pareció inteligentísimo, mucho más que otras personas supuestamente muy intelectuales que conozco. También me pareció un chico feliz. Llegué al apartamento donde iba a estar escribiendo los próximos seis meses dos horas más tarde de lo que pensaba, cerca de la una y media de la madrugada, pero no me importó nada equivocarme. Cuando Javi se bajó en su parada, me miró y me dijo: “Gracias”. De vez en cuando aún recuerdo ese gracias, lo más bonito que me pasó en las Navidades de 2014. Sobre todo lo recuerdo si es uno de esos días que todos conocemos en los que las dudas aparecen y la esperanza se tambalea. Porque, como bien sabía Javi, no se puede crecer sin esperanza.

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